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14 de julio de 2010

¿El gran error?

Almorzabamos en el Último Hogar cuando decidimos partir para ayudar a aquel infeliz. Partiríamos hacia el bosque, en busca de aquellos bandidos que habían secuestrado a la pobre damisela. Así cumpliríamos con lo que nos enconmendó Zeros: ayudar a las gentes de Solace. Entretanto, podríamos disfrutar de los bailes que se celebraban al atardecer.

Para todos tenía un significado diferente. Para Axel, bebida. Para Sharon, un glorioso baile. Y Arlie no dejaba escapar la oportunidad para acabar con mi soltería, estado que yo intentaba dejar intacto durante mucho tiempo. Una vez nos quedamos ajenos a la atención de los demás, me susurró:

- Alian, ¡es vuestra oportunidad! ¡Pídele un baile!
- ¿Que yo le pida QUÉ? - le pregunté, incrédulo.
- Ya sabeis, ¡una oportunidad única para conquistarla!

Mi rostro debió adquirir el color de la nieve que bañaban las calles de Solace, y una expresión de perplejidad total. Tanto fue, que llamó la atención de la mismísima Sharon.

- Euh.. ¿Os ocurre algo? - preguntó ella extrañada.

Arlie, a base de codazos para expresar su insistencia, logró sacar el valor para proponérselo de todavía desconozco dónde.

- Eh... ¡Ah! Yo me... me preguntaba si, si, si tendríais ¡el placer de concederme un baile!
- ... Claro, porqué no - respondió con media sonrisa. ¿O tal vez fuera mi imaginación?...

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Vagabundeamos por la ciudad esperando a la caída del sol, mientras Sharon mandaba arreglar uno de sus vestidos para asistir al baile. El resto de nosotros captamos el mensaje... o quizás parte de nosotros. Arlie y yo nos vestimos con nuestras mejores galas, mientras que Axel prefería permanecer como siempre, codeándose con las jarras. Terminaba de arreglarme cuando escuché la voz del kender decir:

- Tal vez me quede un poco grande, ¿no, Alian?

Arlie se había hecho con una de mis mejores camisolas, y la arrastraba en un intento por acomodársela. Estrujé lo que tenía en las manos y corrí hacia él.

- ¡Quítate eso y termina de arreglarte de una condenada vez! - le grité - ¡Vas a estropearme el lino!
- ¡Vaya!, ¿es lino? - preguntó en respuesta con los ojos abiertos de par en par. - ¡Fascinante!

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Fuimos a buscar a Sharon, que esperaba a que confeccionaran su vestido, y poder asistir a gusto al festejo... Entonces creí ver un ángel. Su descenso por hacia nosotros era etéreo, casi divino. Incapaz de reaccionar ante semejante belleza, deslumbrado por su leve sonrisa, agraciado por el toque del... ¿enamoramiento? ¡Por los dioses, ¿que me estaba ocurriendo?!

Tomé su mano y nos aproximamos al gran baile. Arlie fue con unos niños que coreaban alegres, mientras que Axel situó con destreza la barra y se dirigió hasta allí. Sharon y yo, nos dedicamos al baile, del que podríamos haber sido dos candiles de color rojo como señalización. Nuestra turbación y vergüenza era notable... Aunque para nada desagradable.

Cambio de parejas. Una hermosa jovencita empezó a danzar conmigo, a la vez que intentaba estrechar un vínculo a base de preguntas. Desconozco cuando la conversación cambió sus tornas (¿tal vez cuando supo de mi título nobiliario?), pero comencé a notar su cuerpo demasiado cerca. Demasiado. Ni siquera pude reaccionar cuando sus labios rozaron los míos. ¿Qué estaba pasando ahí? Me aparté de ella, y fue entonces cuando me tomo de la mano diciendo:

- Acompañadme a casa... no quisierais que caminara sola en esta oscuridad, ¿cierto?

Tuve que acceder, ya que no me permitiría que le sucediera algo. Una vez en su puerta, comenzó la batalla. Dioses, aquello fue más duro que cualquiera otra batalla. Tras varias insistencias y evasiones, logré marcharme. Voluntad, me ayudaste a no salir corriendo de allí.

Al volver, encontré a Arlie y a Sharon manteniendo una conversación. Al verme, lanzaron sobre mí cuchillos camuflados en las miradas.

- Bueno... - comenzó a decir el kender. Su actitud era sospechosa - ¿Qué tal os fue con la doncella?
- ¿Cómo? - entonces comprendí.

Todo encajaba para ellos. Mi "desaparición" del baile... mi aspecto, algo azorado... Dioses, ¿creerán alguna vez que mis intenciones son inocentes?

- Esperdad, nada ha sucedido, yo...

Mi frase se quedó a medias, ya que Sharon se volteó para marchase con enfado. Una fuerza irresistible me obligó a seguirla, no sabía por qué seguía.
Un "esperad..." surgido de mis labios sonó muy lejano, mientras la tomaba del brazo para obligarla a mirarme. Entonces fue ahí cuando besé sus tiernos labios. Durante unos segundos... hasta que la magia se rompió.

- ¡¿Pero que hacéis?! - preguntó ella, visiblemente ofendida. Se volvió a toda velocidad para caminar rápidamente hacia un punto en la oscuridad.

¿Acaso el elemento sorpresa estaba reñido con el romanticismo? Supongo que las circustancias no acompañaban demasiado. Pero tal vez nos llegara más tarde, cuando tuvimos que rescatarla del Abrevadero. Por lo que supimos más tarde, aquella zona, llena de forajidos y encapuchados malencarados, no era nada apta para jóvenes desprovistas de compañía.

9 de julio de 2010

Nueva fama en Solace

Descansamos una noche tranquila, gracias a los Dioses, bajo un techo. Cuando desperté a golpes de martillo, Sharon se encontraba ya en actividad. Y, tal y como sospechaba, Arlie seguía atado. Nada más verse libre corrió hacia la ventana y acto seguido, salió de la herrería. Nevaba. Zeros trabajaba en su yunque, y amablemente nos dejó el desayuno preparado.

Mientras observaba el paisaje nevado y planteaba mi próximo paso en esta ciudad, Sharon y Arlie se dedicaban a jugar en la nieve: creando muñecos y lanzándose proyectiles de nieve. Me recordaban a niños, los niños que todos desearíamos haber sido una vez se alcanza cierta madurez. Por ello no les reproché nada cuando Zeros se quejó de su comportamiento.

Decidimos, entre todos, descansar en aquella ciudad que parecía dechado de paz, y disfrutar también de las maravillas que la fiesta de Fin de Año podía ofrecernos. Aquella decisión tuvo preciados frutos. Arlie se maravillaba en el colorido y la variedad de artilugios que se mostraban allí. Incluso nos encontramos con algo bien curioso: un campesino, en lo alto de un wallenwood, parecía pedir ayuda desesperado. Quisimos preguntarle que le acontecía, pero los caballos nos retenían. Cuando dejamos por fin a los corceles, proseguimos la búsqueda del campesino, aunque había desaparecido de nuestra vista. Decidimos continuar nuestro camino.

Aunque, como ya debo empezar a acostumbrarme, los dioses quisieron que nos encontraramos con un nuevo conflicto.

Bárbaros, enfrentados a un comerciante. Parecía una especie de acusación, y no iba a permitir aquello, más aún sin pruebas concluyentes.

- ¡Cálmense! - exclamé irrumpiendo entre la multitud. Todos guardaron silencio, sorprendidos por mi intrusión - ¿Qué está ocurriendo aquí?

Uno de los bárbaros mostró gritó hacia la multitud, mostrando su desagrado y enfado:

- ¡Mercader, acusar nosotros robar!

Su Común fue suficientemente claro como para formarme una idea de aquello. No debo juzgar por las apariencias, pero el mercader parecía no escasear de nada, y su apariencia era demasiado segura de sí misma y poco indignada. Parecía tener a los guardias a su favor, que todavía permanecían quietos esperando a ver como acababa todo aquello.

Intenté mediar mediante el uso de la palabra, y omitiré cierto desenvaine de espadas, porque en seguida fue sustituido en atención por mi amigo Arlie: en un intento por ayudar, o eso quiero creer, se había hecho con varías piezas del carro del mercader. El dueño de este pareció hartarse de todo aquello, y nos obligó a pagar todo aquel desperfecto. La ventaja fue que se olvidó de los bárbaros y evitamos una injusticia. Podía quedarme satisfecho en aquel aspecto.

Nos alejamos para disolver el enfrentamiento y fue entonces cuando volvimos a ver a aquel campesino. Nos aproximamos hacia él, que nada más preguntarle cayó desfallecido.

En la hierba y entre sueños, murmuraba y sollozaba. Entre sueños nos dejó entrever su gran tormento:

- ... Mi hija... Devolvédmela... No os la llevéis...

6 de julio de 2010

Wallenwoods

Solace.

Una de las maravillas de nuestro mundo, especialmente importante después del Cataclismo. Ojalá pudieramos decir lo mismo de los individuos que se encargan de guardarla. Nada más llegar a las puertas, un individuo, reconocido por sus atuendos como un Buscador.

- Sed bienvenidos, viajeros. ¿Que os trae a Solace? - nos preguntó el Buscador.
- Venimos al festival, es bien conocido y queríamos disfrutarlo en su esplendor. - contesté con cautela.
- ¡Sí! ¡Y también buscamos a Paladine!¡Ups! Pero no debo decir Paladine.... - argumentó Arlie surgiendo de entre la nada.

En aquel momento, el mundo se me cayó encima. El encuentro anterior con otro Buscador no había servido de nada. De nada servía decirle a Arlie que no debía pronunciar el nombre de los Dioses Verdaderos, ya que nos iba la vida en ello. Lo cual parecía no percatarse, porque seguía jugando con aquella bola de nieve que había creado en el camino: Copito. Su incontinencia verbal podía costarnos la vida, y ahora alguien debía mediar por la situación. El Buscador mostró expresión de asombro, y se detuvo a mirarnos uno a uno. Axel guardaba silencio, tenso.

- ¿Cómo habéis dicho? - preguntó el Buscador mientras sonreía ambiciosamente - Me parece que no os he escuchado bien.

Arlie iba a abrir de nuevo la boca, pero todos en tropel nos adelantamos para salvar la situación.

- Se ha confundido, señor, no sabe lo que dice... - dejó caer Sharon, para después dejar una mirada asesina sobre Arlie.
- Por favor, señor, no tienen importancia sus palabras... - rogué a aquel individuo.
- De acuerdo... Olvidaré sus palabras, pero debéis ofrecer una contribución para los Nuevos Dioses y la causa de sus Buscadores...

Así que era aquello lo que buscaba. Debatimos la cantidad, y la oportunidad de no pagarla, pero la suerte estaba en nuestra contra. Las fuerzas de la autoridad le obedecían a él, y nosotros en cualquier momento estaríamos a su merced. Pagamos, y por fin nos dejaron entrar. El maldito Buscador, satisfecho con lo ganado, bendijo nuestra estancia y advirtió sobre su presencia. No debíamos olvidarlo.

Anochecía, y el camino había sido largo. La única posada del lugar, el Último Hogar, según nos indicaron los habitantes, debía ser nuestro refugio. Copito se encargó de hacer guardia a las puertas de la posada. Pero las desgracias todavía estaban por llegar. La posada estaba al completo, por lo que no teníamos donde dormir aquella noche. Al menos podríamos tomar algo como cena. Como espectáculo, un bardo narraba cuentos fantásticos para todos los oyentes, aunque no duró demasiado. Los Buscadores tomaron represalias al ver que el bardo narraba historias prohibidas y heréticas según su nuevo orden. Para colmo, se le arrebató su dinero.

No pude aguantar más. Golpeando la mesa, me levanté y me dirigí a detener aquella injusticia. El Buscador sonrió satisfecho: había caído en su trampa y, protegido por sus guardias, nada podía tocarle. Para después arrepentirme, me dejé llevar por la ira y desenvainé mi espada.

Los dioses quisieron que un desconocido parase todo aquello. No respondía de mis actos, y ese individo acabó con el tumulto. Pagó al Buscador y nos instó a la calma, nada podíamos hacer contra aquello. Nos marchamos del Último Hogar en un intento por buscar la tranquilidad, no sin antes hacernos con un refugio.

- Marchaos a la herreria de Zeros, el os acojerá - nos aconsejó el desconocido que era nuestro mediador - ... ¿A que estáis esperando? ¡Vamos, vamos!

Seguimos su consejo, dónde Zeros nos acogió de mal talante. Reacción natural, ya que distaba de la media noche. Nos ofreció una habitación común, que era mucho más de lo que yo podía preveer de aquella noche. Al menos, tendríamos un techo en condiciones.

- Podeis quedaros... ¡Pero atad a ese kender! - exigió Zeros con su rotunda voz.
- ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? - preguntó Arlie entre la expectación y al borde de las lágrimas.
- ... Porque... ¡eres el invitado de honor!
- ¿Invitado de honor? ¡Vaya, que gran privilegio! - gritaba Arlie mientras Axel y un servidor se dedicaban a atarle.

Cuando estabamos por fin acostados y listos para dormir, podría decirse que Arlie se percató de su situación. Intentó desasirse en varias ocasiones, sin éxito.

- ¡Esto pica!... - murmuraba entre forcejeos. Pareció entonces acordarse de Zeros - ¿Señor?¡Señor! Es un privilegio ser vuestro invitado de honor, ¡pero este juego empieza a dejar de ser divertido! ¿Señor?

13 de mayo de 2010

Hacia Solace

Desperté de golpe, sobresaltado por un mal presagio. Una mala sensación llenaba mi mente de malos augurios sobre el día que se iniciaba con el amanecer. Alcé mi súplica a Paladine, para que me diera fuerzas, pero aquel aliento divino se vio ligeramente aplastado por las duras palabras del posadero.

"No somos bien recibidos aquí, ¿no es eso? ¡Pues al menos está mañana tendréis mi presencia impuesta!" gruñí mentalmente.

Inmerso en estos pensamientos, me crucé de brazos mientras miraba al techo de mi habitación. No se me ocurría otra forma de desahogar mi frustración. Fue entonces cuando Arlie entró en la habitación, forzando la puerta innecesariamente, por lo que deduje que era una manía kender. Se acercó a mi cama y me miro cuan largo era sobre ella con mirada extrañada.

- ¿Qué haces todavía en la cama?

Bufé y me levanté. Se acabó la pequeña rabieta infantil. Mientras terminaba de colocarme mis pertrechos y el peto de la armadura, observé por la ventana la nevada que caía en el exterior. De ahí el intenso frío. Arlie y yo bajamos hacia el salón para tomar desayuno, además requería reunirme con los que se habían convertido de un modo tan repentino en nuestros compañeros de viaje.

Sharon ya estaba en pie, y nos reunimos en la misma mesa. Arlie comenzó a jugar con los cubiertos, como si se le hubiera ocurrido algo genial. Después de concebir su genialidad, me tendió un pequeño anillo más cubierto de óxido que de su metal original.

- ¡Debeis pedirle matrimonio a la joven que os pretende! ¡Este anillo os servirá, es especial porque está oxidado - exclamó entusiasmado. Lo tomé lentamente, incrédulo, tras lo cual le prometí que lo utilizaría para tal fin.

Más tarde, bajó Axel, el guerrero que permanecía en pie. Una vez reunidos todos, comencé a hablar:

- Bien... ya que decidimos viajar juntos, creo que deberíamos ponernos de acuerdo en la hora de partir. ¿Alguien conoce el estado del otro guerrero, Sheleanort?
- ... ¡Oh! La joven que atiende la posada me dijo que lo mantenían en una habitación especial, para su recuperación - había respondido después de una pausa, incomprensible, como si estuviera ausente - Y también me dijo, espero no herir tu sensibilidad, que él era el mas guapo. ¡Lo prefiere a él en vez de a ti!

Aquellas palabras bastaron para que Arlie y Sharon se enzarzaron en una discusión sobre el grado de decencia de la muchacha, el cual tendía, según ellos, hacia niveles bastante bajos. Me cubrí la cara con las manos, no sabía si reír o llorar.

- Yo en vuestro lugar no le propondría matrimonio visto lo visto... - sentenció el kender. Al menos me salvaría de sus constantes invitaciones a que abandonara la soltería.

Decidimos pues marchar, todos hacia un destino común: Solace. Sheleanort permanecería en la posada, recuperándose de sus heridas. Pagamos su ocupación y la atención médica, esperando que tuviera mayor suerte en el futuro.
Tomamos de las riendas nuestros caballos y comenzamos a caminar sobre el bosque nevado. Los caminos tenían buena fama de peligrosos, por lo que tomamos el bosque como camino, sin perder de vista las señales y los pasos de piedra. Una hora caminando y nos detuvimos alertados ante una poderosa voz que anunciaba:

- ¡ÁRBOL VA!

Esperamos a escuchar el estruendo del árbol caer, y miramos hacia el lugar señalado. Arlie advirtió ahí un foco de curiosidades y empezó a correr hacia el lugar, desoyendo todos nuestros gritos. Tal vez lo necesitara: la marcha empezaba a dejarlo alicaído. Para no perder a nuestro compañero, comenzamos a seguir sus huellas. La nieve dificulta la marcha.

3 de mayo de 2010

Unificación

- Creo que estais... causando muchos problemas en la zona - habló el posadero con voz grave, su mirada era prudente - Los muchachos de aquí creemos que deberíais marcharos.

Me quede estupefacto. ¿Acaso tenían idea de lo que habíamos evitado ahí fuera?

- No somos responsables de los forajidos que llegan aquí creando problemas - respondí con tesón - Intentamos descansar para después partir.
- De igual modo, no sois bienvenidos aquí... - repuso el posadero.

Mensaje captado: debíamos marchar a otro lugar. Arlie estaba de acuerdo, pues estaba entusiasmado en seguir el camino que marcó la adorable anciana. Y también estaba entusiasmado contemplando algo que ocultaba en sus múltiples bolsillos, pero no quise preguntar. Arlie también había dedicado un tiempo a preguntar a la hechicera por alguno de sus trucos, pero ella negaba tener algún vínculo con la magia. Al final, mi amigo desistió

Los dos soldados aún se reponían de sus heridas, y la hechicera, tras su rescate y pequeño debate, se había acomodado para descansar. Mientras nosotros emprendimos el camino. Aunque era realmente tarde, no quería permanecer más tiempo allí. Arlie estaba un poco desilusionado, hasta que...

- Esta anocheciendo, no podremos seguir con esta oscuridad - dije al no poder divisar unos pocos pasos en mi camino
-¡Claro que si! - escuché a Arlie rebuscar entre sus bolsillos, con mil cachivaches con menor o mayor utilidad - ¡Mira! ¡Luz!

Alzó una pequeña vara que despedía luz de un extremo. Quedé sorprendido ante ese prodigio, pero reconocí en seguida la varita mágica de la hechicera. Conecté ideas y tuve que tomar cartas en el asunto.

- ¡Arlie! ¡Esa varita no es tuya! - le reprendí.
- ¿Qué? No es suya, ¡ella dice que no es una hechicera! - replicó con afán - Y si no hace magia, no la necesitará...

Tuve que reconocer la lógica de su argumento, y hasta estuve tentado en darle la razón, pero conseguí convercerle de volver y devolverle la varita a su dueña. El kender farfullaba molesto, pero encontró la solución.

- ¡Se la devolveré si ella me muestra un truco de magia! ¡Eso haré!

Reí y estuve de acuerdo. Cuando Arlie le mostró su varira a la hechicera, se mostró realmente sorprendida. Parecía no haberse percatado de su ausencia.

"Realmente hábil, este kender..." pensé.

Al final, mi amigo quedó engañado. El mismo truco que Arlie sabía hacer, es el que le fue mostrado. El pobre quedó desilusionado ante aquello, pero creo que quedó compensado. Hablamos con la hechicera, llamada Sharon, y acordamos continuar viaje juntos. No sabíamos hasta que punto seguiríamos unidos, pero es posible que Arlie viera satisfecha su curiosidad. Nos preparabamos para marchar hacia la oscuridad, una vez fuera de la posada, cuando Axel, aquel guerrero que cuidaba de su amigo, se nos acercó con tajantes y claras palabras.

- Mi amigo y yo iremos con vosotros.

Todos quedamos estupefactos durante unos instantes, hasta que una luz llamó nuestra atención. Arlie se había hecho de nuevo con la varita, y repetía el truco que había aprendido.

- ¡Tú eres capaz de algo mejor! - gritó Arlie hacia Sharon - ¡Sorpréndeme!

Sharon recuperó la varita refunfuñando, e iluminó la oscuridad del exterior con las luces del arcoiris. Aunque magia, seguía siendo muy hermoso. Arlie contemplaba el espectáculo realmente asombrado.

Aquello podía significar muchas cosas: seguridad en el camino, nuestro amigo kender con muchas distracciones y, ¿quién podía saber?, una compañía.

Al rescate

Aún sentía en mi interior la fuerza y el calor humano de aquella anciana, jamás podría olvidarlo. Pero debía abandonar aquella tranquilidad por un estado de alerta. Un grito nos llegó desde las profundidades de los bosques, y mi deber era socorrer a aquel que necesitara ayuda.

Arlie, ya sanado, siguió mis pasos allá por donde nos guiara la voz. No demasiado lejos, descubrimos un pequeño claro. Una pequeña fogata casi extinta, algunos pertrechos esparcidos y, por fin, nuestros objetivos. Reconocí a la hechicera, atada a un árbol en contra de su voluntad y aterrorizada. Tuve que retirar la vista desde mi escondite, la pobre muchacha estaba semi desnuda por aquel desalmado.

Arlie seguía a mi lado, esperando. Nos concentramos en el captor y trazamos un pequeño plan. Le indiqué por señas que rodeara el pequeño claro para atacarlo de distintos flancos. Preparé la señal para que se moviera, pero antes de que me percatara, el kender había desparecido. Apareció en el lugar acordado.

"Bendito sea el sigilo de esta criatura" pensé con aprobación.

Aquel desalmado captor reía con crueldad, ¿qué horribles torturas estaría planeando para su presa? Mi espada desenvainada, indiqué a Arlie de que actuara como distracción para soltar a la hechicera, o tal vez sorprenderlo con la guardia baja. Pero jamás atacar por la espalda.

Me disponía a entrar en acción, cuando para sorpresa de todos, escuchamos la voz estridente de Arlie, con toda la fuerza de sus pulmones:

- ¡¡Ejército de las Sombras, SALID!!

A pesar de saber quién emitía esas palabras, me consideré el más sorprendido ante aquella reacción. Arlie sacudía ramas y hojas, creando un ejército de las Sombras a gran velocidad. Para que tuviera éxito, imité sus acciones. Queríamos rodearlo y tal vez hacerlo huir.

No pudimos tener mejor resultado. Aquel hombre soltó su destartalada arma y salió huyendo con una velocidad pasmosa. Arlie reía, contento y divertido. Mientras, un servidor desataba a la dama en apuros, sin atreverme a alzar la mirada hasta que cubriera su cuerpo.

- Pero bueno, ¿se puede saber dónde estabais? ¡Llevo mucho tiempo desaparecida, ¿es que acaso nadie se percató de ello?!

La damisela en no apuros enunció aquellas enfurecidas palabras como muestra de agradecimiento, pero realmente no me importaron. Me dediqué a registrar todo lo que el maleante había dejado atrás en su huída. Nada de valor, realmente. En una esperanza vana, tuve la esperanza de encontrar algo que nos aclarara el misterio de las criaturas que nos atacaron. Tal vez acamparan juntos, o trabajaran del mismo bando.

Perdidas mis esperanzas, emprendimos el camino en silencio de regreso a la posada. Allí nos esperaba una sorpresa desagradable, pero no menos que lo vivido en unas escasas horas.

11 de abril de 2010

A salvo el honor

Seguía vivo gracias a aquel kender, y no podía hacer otra cosa que acercarme para agradecérselo. Lo que más curioso resultó fue su extraña reacción ante mi acercamiento: se cruzó de brazos y desvió la vista con aire ofendido. No sabía si reírme o hacer otra cosa distinta, pero solo se me ocurrió preguntar:

- ¿Que te ocurre?

Transcurrieron tan solo unos segundos hasta que me respondió:

- Se supone que sois un caballero, ¿que ha ocurrido con vuestros modales?

Reí con ganas ante aquella mordaz respuesta, y extendí gustoso la mano para decir:

- Mi nombre es Alian Brightsun.

Una corta pausa.

- ¡Yo me llamo Arlie! - la sonrisa volvió a florecer en sus labios, viva - Menudo combate, ¿eh? ¡Ha sido impresionante! Creo que lo llamaré La Justa del caballero S...

Dejé de escuchar debido al dolor y al escuchar los gemidos de mi principal contrincante. Tendido en el suelo, empezaba a despertar. Yo había resuelto la afrenta de la muchacha, había restablecido su honor. Pero ahora era decisión suya que hacer con él. Podía dejarlo morir o con vida. Al fin y al cabo, había perdido el honor. Su vida podía significar bien poco.

Alzé el cuerpo semi inerte, con la ayuda de Arlie, y lo llevamos ante la joven ofendida. Al ver nuestro estado, faltaron pocos momentos para romper a llorar. Pero se tragó las lágrimas y nos atendió a ambos como pudo. No olvidaré su gentileza y su entereza.

Mientras vendaban mis heridas, observé la posada y pude entonces percibir la ausencia de los dos guerreros con los que había compartido mesa. Quise entonces no poder escuchar nunca más. Un aullido, grito o exhalación de la garganta de un ser desconocido llegó a mis oídos desde el exterior. Me estremecí por completo, y mi interior se debatía. Quería dejarme vencer por el miedo.

Pero nos aventuramos. Arlie y yo nos atrevimos a traspasar el umbral de la posada y observar la batalla que se desarrollaba allí. Ambos guerreros luchaban con tesón, por sus vidas. Y sus contrincantes parecían ser los dueños de aquellas estridentes voces. No podía dudar, o el miedo me haría retroceder. Una leve reverencia a un enemigo que me daba la espalda, y cargué contra ellos. Lances de espada al vacio. Mi aparición parecía inútil salvo por el hecho de servir como distracción, hasta que llegó el punto en el que se detuvieron.

Escuché siseos y palabras ininteligibles desde las capuchas y vendas con las que se cubrían aquellos peligrosos individuos. Se retiraron ignorando mis esfuerzos por acabar con, al menos, uno de ellos. Desaparecieron en el bosque, tras lo cual pude ver como había caído Sheleanort, el semielfo. Yacía inmóvil y cubierto de heridas. Su compañero también estaba herido, con su espada incrustada en un ¿cadáver? Aquel cuerpo muerto permanecía inmóvil y erguido, como una estatua de piedra.

"Oh Paladine, ¿qué clase de criaturas son estas?"

Miré a mi alrededor, como acto instintivo, y solo alcancé a ver, entre la bruma del bosque, como Arlie iniciaba una persecución hacia aquellas criaturas. Solo pude gritar su nombre.

6 de abril de 2010

... Gracias

"Que el valor guíe mi mano, que el temple domine mi mente y mi espada imparta justicia"

No podía fallar. En ello me jugaba el honor, y la pérdida de este es igual a la muerte.

Salimos presurosos al exterior de la posada, pues allí resolveríamos toda la afrenta. Ellos eran tres, y yo tan solo uno. Pensé que sería suficiente. No presté demasiada atención, pero escuché levemente los pasos del kender detrás de nuestra procesión guerrera. Seguramente su curiosidad le obligaría a actuar como espectador.

Desenfundé mi espada, y me encomendé a Paladine. Dos frente a mí, uno de ellos mi verdadero objetivo. El restante, permanecía a mi costado, presto a tantear.

Reverencia. Ataque. Esquive. En cadena.

Tras mi reverencia, mi primer oponente, el ofensor de la dama, se abalanzó sobre mí. Con mi espada finté para esquivar su ataque de lleno. Quise aprovechar su guardia baja, pero su impulso fue suficiente para escapar de mi tajo. Un par de lances declararon nuestras habilidades en tablas, pues ninguno acertabamos a herir.
Uno de sus compañeros, que permanecía a mis espaldas, se lanzó sobre mí con aire traidor. Su espada fue certera y mi espalda recibió la herida. Victorioso se creyó, hasta que recibió en su mandíbula el golpe de mi empuñadura. Aquello bastó para tumbarle y dejarle incosciente.

Respiré profundo y miré al cielo un instante.

"Ayúdame, Paladine... no quiero morir"

Primera reacción de mi mente fue avergonzarme de aquel pensamiento, pero no podía negar las súplicas que dictaba mi aliento de vida.

Fueron segundos los que se llevaron esos pensamientos, pues enseguida regresé a la batalla.

Lanzé mi espada en un medio giro, pues uno de mis enemigos volvía a atacarme desde la espalda. No pude guiarme siquiera en aquel ataque, pero de su pecho brotó la sangre. Cayó al suelo, lamentándose y gimiendo de dolor. Lo contemplé durante unos instantes, para después abalanzarme sobre aquel malnacido que atormentaba a la joven. Podía cumplir mi palabra. La muchacha volvería a dormir tranquila y mi honor quedaría impune.

Como lanzas, nos mostramos mutuamente la punta de nuestras espadas. Aquello era vencer o morir.
Ignoro exactamente lo que pasó, salvó que mi espada había hendido en su cuerpo. Lo había herido de gravedad, y cayó inerte. Aquello había acabado.
Me derrumbé por fin, sintiendo intensamente el dolor de mis heridas y magulladuras. Escuché entonces un pequeño grito cerca de mí. Alcancé a ver tan solo como la cabeza de aquel hombre al que dejé incosciente caía de nuevo sobre el suelo. Y Arlie permanecía justo al lado, sosteniendo su jupak como si fuera el más inocente sobre todo Ansalon.

Tuve que reírme. Para él, todo aquello sería como un juego. Pero me había salvado.
Aunque todavía permanecía allí el herido que aún estaba consciente, no se veía con mucho ánimo luchador. Sus movimientos pertenecian a un escapista, un escapista muy veloz.

- ¡Que los dioses te guarden si vuelvo a verte aparecer! ¡¡Corre!! - le grité como último ataque. Y éste se apremió en obedecer, gracias a Paladine.

Me volví hacia Arlie, que rebuscaba entre los bolsillos del caído.

- Gracias, Arlie.

2 de abril de 2010

Reflexiones

Quise matar el tiempo lo suficiente como para que Arlie recuperara la sobriedad. Un kender sobrio puede resultar cargante, pero, en nuestra situación, un kender borracho, podía resultar incluso peligroso. Intenté sonsacarle a mi amigo toda la información que pudiera poseer. Una parte de mí desconfiaba, pero la otra se inclinaba a confiar en él.

"¿Por qué iba a mentir acaso sobre la existencia de los Dioses Verdaderos?"

No encontré respuesta alguna a esto, por lo que decidí a partir de entonces ser muy cauto con la información que Arlie deseaba compartir. En algunos lugares, murmullos de su presencia pueden ser inocuos. En el resto, desconozco la reacción, y prefiero no arriesgarme.

Decidí volver a la taberna, donde quizás podría despejarle con una taza de café hirviendo. Pero lo que jamás podré olvidar, será la reacción de cuando lo alzé para llevarlo... Prefiero no mentarlo siquiera. Lo único bueno de aquella experiencia fue que expulsó gran parte del alcohol que había consumido. Cuando vió ante él aquel brebaje oscuro, me preguntó asqueado:

- ¿Qué diantres es esto, agua sucia? - todavía estaba borracho.
- Si, es agua sucia - respondí con hastío - ¡Bébetelo!
- ¡Fantástico! ¡Nunca había probado el agua sucia de esta región! Aunque realmente no sé en que puede diferenciarse del resto...

Me eché las manos a la cabeza, no quería escuchar más. Los enormes guerreros seguían en la barra, ocupados en compartir las grandes hazañas que en su día acontecieron, y de las que, por supuesto, ellos fueron héroes.

A menudo me resulta extraña, incluso ajena, la condición humana. Buscamos la gloria y el placer para el propio individuo. Ignoramos, a menudo adrede, que tenemos el poder para cambiar las cosas. Si tenemos el poder para alcanzar la gloria, ¿por qué no querer hacerla ajena? Miro a Arlie, con su curiosa manera de ser. Por su comportamiento me deja ver que su única ambición es conocerlo todo en este mundo. Y no deja de compartir sus conocimientos, no posee ningún sentimiento de avaricia...

Divagué demasiado en mis propios pensamientos, pero no lo suficiente como para captar las señas de mi conocida camarera. Le pedí una cerveza y acudió con gran prontitud. De sus labios se escaparon estas palabras temblorosas:

- ¿Ve aquella mesa, caballero? ¡Es él! Por favor, ayúdeme

Volví a atusarme el bigote, gesto incosciente de reflexión, y tragué un poco de mi cerveza.

Había llegado la ocasión de luchar por el bien ajeno, de luchar por el honor.

12 de marzo de 2010

Restos de fe

Los reunidos nos dispersamos en el amplio local. Los guerreros se llevaron al kender hacia la taberna, y este comenzó a emocionarse, con la simple perspectiva de poder saborear nuevos tipos de alcohol. Pienso en lo mal que puede asimilarlo un cuerpo tan pequeño...

Desvié mi mirada, y encontré a la hechicera aún en la mesa, cavilando. Pasaron escasos minutos hasta que se levantó y salió del local. Ignoraba su destino, pues en aquel momento me preocupaba el poco equilibrio que mostraba Arlie después del primer trago.

Me acerqué a ellos, observándolos con desconfianza. El kender farfullaba acerca del contenido de su copa. ¿Se quejaba sobre si ya no quedaba? Lo mismo daba.
- Caballeros... no creo que sea lo mejor...
- No os preocupéis, el kender sabe lo que se hace - carcajeó el guerrero desconocido número uno. - Acompañadme, voy a dar un paseo.

Acepté su invitación, así podría relajarme y despejarme un poco. Conversamos brevemente, acerca de los motivos que nos habían llevado hasta allí. Y también de los motivos que tal vez nos llevaran juntos en aquella misión de escolta.

Entretanto, la hechicera no se había alejado demasiado. Rondaba muy próxima a las monturas de los viajantes, entre ellas, la mía. Aquello me pareció divertido al principio. Se acercaba de las monturas, y se alejaba. Las rondaba. Se acercaba, y volvía a alejarse. Parecía muy abatida, dubitativa. Paladine perdone mi desconfianza, pero creía ver claras sus intenciones.
Se dirigió de manera distraída hacia el interior, momento que yo aproveché para comunicarle:

- Señorita, permitidme. Tocad a mi caballo y os enseñaré donde no debeis volver a tocar.

Su reacción fue de total ofensa, y entró airada a la posada. Y entonces fue cuando llegó la mayor sorpresa hasta entonces: el guerrero, con quién seguía charlando distraídamente, apartó su capucha para dejarme ver sus orejas levemente afiladas.

Semielfos. Kenders. Solo faltaba un verdadero elfo en esta inesperada aventura.

Volvimos a entrar, en mi desesperado deseo de asimilar la información.

- ... ¡Reorx! Allí está... en las profundidades de la tierra, amartilleandolo todo para crear este mundo... - fueron las primeras palabras que escuché.

Arlie vociferaba con toda la fuerza de sus pulmones el destino olvidado del viejo Reorx. ¡Ayúdame, Paladine! Lo tomé de inmediato para sacarlo de allí. Las palabras de los Dioses Verdaderos no son seguras ya en estos tiempos.

Bien alejados de la multitud, lo solté para comenzar mi interrogatorio.
-¿Qué es lo que sabes de Reorx? - inquirí con ansiedad
El tenía los ojos cerrados, no sabía si meditabundo o a punto de perder la conciencia se hallaba. Hasta que comenzó a hablar.
- ... Él sigue ahí... Sí... ¡No como dicen esos idiotas! Los Dioses Verdaderos... no nos abandonaron, ¡nosotros los abandonamos! - perdió el equilibrio levemente, y mientras trataba de recuperarlo: - ¡Como tú! Tu eres un caballero, ¡tienes que encontrar a Paladine!

Callé durante unos momentos, y le insté a guardar aquello como nuestro secreto. Cuando muestras cualquier entusiasmo por encontrar a los viejos dioses, parecen esfumarse como el humo.

"No sabes cuanta razón tienes, Arlie. Paladine no está tan lejos: está en nuestros corazones"

11 de marzo de 2010

Estableciendo objetivos

La joven que compareció en mi dormitorio durante escasos minutos veía en peligro su integridad por un indeseable. Imagino las noches que habrá podido permanecer en vela, inquieta por aquel despreciable ser. Debía ponerle remedio.

Aquella noche tenía poco, si no nada, más que aportar. No me restaba nada más que retirarme a descansar. O intentarlo, entre toda aquella tempestad.


El sol de aquella mañana había ahuyentado la tormenta de la noche anterior, pero quizás quedaran más truenos, y no precisamente en el cielo.
La posada servía el desayuno a los inquilinos, o al menos eso observaba desde la escalera. Cuando me dispuse a descender, sentí en mi espalda un pequeño choque que nada tenía que ver con mi armadura. Me volví para encontrar a Arlie, que, inmóvil, tan solo dirigió su mirada hacia mí, mezclando asombro y curiosidad. Sus palabras me hicieron volverme de nuevo.

Con un aire de misterio, me dijo:
- Necesito que me ocultes para evitar al cascarrabias del posadero.
Rebufé cansado, viendo que lo tendría pegado a mí hasta el momento de mi marcha.
- ... Porque tú eres un caballero, y ayudas a la gente. Como Paladine, ¿verdad?
Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar al nombre del dios al que todo el mundo cree muerto. ¿Conocería esta criatura al dios que aparecía en mis sueños infantiles, aquel a quién pretendía encomendar toda mi existencia? ¿Habitaría realmente en su corazón?

Intenté por todos los medios relajar mi asombro, comenzando por bajar las escaleras hacia la planta baja. Por desgracia, el posadero había omitido por completo el deseo de mi pequeño amigo Arlie.

- ¡Tú! Maldito kender, ¡creía haberte dicho que te alejaras de este lugar!

El vozarrón del posadero no dejaba escuchar las protestas o réplicas del mediano, así que intervine. Todavía no sé si me arrepiento de ello.
- El kender viene conmigo, yo respondo por él.

El posadero me miró con desconfianza, segundos que Arlie aprovechó para escaquearse hacia una de las mesas vacías. El asunto se solucionó, y paseé mi mirada por el lugar.

La joven hechicera, que aún rondaba por allí, trapicheaba en no quise saber que. También encontré a los dos guerreros que defendieron a la hechicera, que me invitaron a sentarme con ellos.

- Señor, acompañadnos si gustáis - me ofreció el de menor tamaño.

Se presentaron como Sheleanort y Axel, y mantuvimos una corta conversación.

Lo siguiente para nosotros fue ver aparecer a una pareja de nuevos viajeros, que sobresaltaron a toda la taberna con su sola presencia: a toda vista eran gentes de alta alcurnia.
Todos los asiduos a este lugar no aprenden la maldita lección: el grupúsculo ahora reunido no permitiría los excesos de confianza para con las damas. Pero no hizo falta nuestra intervención. Su acompañante protegió a su compañera.

No puedo recordar exactamente el origen de la conversación; lo que no puedo olvidar es que ahora, tanto los guerreros como el kender y mi persona, nos encontramos ante una misión que puede resultar peliaguda.

Los guerreros negocian, el kender quiere entrometerse sin cesar, y la distinguida pareja me utiliza como traductor a todos los reunidos. Me sorprende encontrar a hablantes de solámnico en esta tierra. Si realmente tenemos un hogar común, estamos realmente lejos de casa.

15 de febrero de 2010

Encantado, Arlie

- Mi nombre es Arlie - sonrisa feliz - Eso que llevas ahí es una armadura, ¿verdad?

Mire a ese kender con mirada desquiciada, tan desquiciada como la suya. Asentí con gesto cansado, sin saber por que lo hacía.

- ¿Una armadura de caballero? - volvió a inquirir - Porque eres un caballero, ¿me equivoco?

Desvié la mirada, y en un gesto totalmente incauto, respondí a media voz:

- Aún no.

La Fortuna en mi contra quiso que a mi lado pasara una de las jóvenes que trabajaban en la taberna. Su gesto fue bastante notable cuando escuchó mis palabras: se detuvo en seco para asimilar esa información.
El kender seguía atosigandome a preguntas, más con la mirada que con su incontinencia verbal. Mientras, la joven se acercaba a nosotros para tomar nuestros respectivos brebajes.

- Perdonadme, señor... ¿es cierto que sois caballero? - apenas se atrevía a mirarme, mientras que yo estaba deseoso de observar sus ojos para descubrir sus motivos.
- ¿Por qué lo preguntáis? - le respondí.
- Veréis... si es cierto que sois caballero, necesito vuestra ayuda. Os lo ruego....

El tono de su voz resaltaba más su necesidad que sus mismas palabras.

- De acuerdo, habladme de vuestro problema.
- Reuníos conmigo en vuestra habitación, os esperaré allí dentro de unos momentos - antes de que se retirara, murmuró: - ... Gracias

Mi primer impulso fue sumirme en mis pensamientos, pero tan solo fue posible durante unos pocos segundos. El kender, que resultaba impune a todo método de ocultación y secretismo, había seguido nuestra conversación. Recordando, notaba de reojo los movimientos de su cabeza: se asemejaba a un espectador de juegos de críos. Siguiendo los movimientos, de un lado a otro, como si fuera la pelota de juegos.

Aquel brillo había reaparecido en su mirada.

- Señor, ¡no debéis desaprovechar esta oportunidad! ¡Esa joven está enamorada! - enunciaba exaltado.

Ni siquiera puedo imaginarme mi gesto de incredulidad al escucharle.

- ... A no ser que... - Arlie se acercó a mi en un intento de confidencialidad - No mantendréis voto de castidad, ¿verdad?

Aquello fue el colmo. Me levanté resoplando, cansado de tantas emociones de vez. Tratar con un kender resulta agotador, pero me guardé de ofenderle más todavía. Tenía un compromiso, aunque desconocía de que se trataba.

Subí las escaleras para encontrarme con ella. Y la sorpresa que me llevaría no sería poca.

Aquel que no respeta las normas de respeto, hacia cualquier tipo de ser, no lo merece de ninguno de los modos

9 de febrero de 2010

Nuevos viajeros

El silencio se hacía abrumador, y la espera para que la hechicera guardara su arma y volviera a su sitio se hizo eterna. Aún se tardaron varios minutos en que volviera el bullicio natural. Entretanto, dos nuevos viajeros se agregaron a la clientela de la ya atestada taberna, aunque apenas les presté atención. Hasta más tarde.

Los dos nuevos viajeros, fornidos y aguerridos a primera vista, cometieron el mismo error que yo: la damisela hechicera volvía a pasearse entre los borrachos del local, exponiendose a nuevos abusos de confianza.

- ¿Estáis seguro de que la dama quiere acompañaros? - inquirió uno de los guerreros.
- ¡Meteos en vuestros asuntos! Es mi hermana, ¿cierto? -respondía con sorna el que mantenía entre sus garras a la hechicera - ¿Qué mejor para estar que la familia?

Tras unos pocos lances de malas palabras, la lluvia de golpes no tardó en caer. No solo los nuevos agresores y viajeros, sino la taberna al completo. Todo por aquella mujer. Empezaba a creer del todo la mala fama que tiene la magia.

"Que Paladine nos proteja" pensé abrumado.

Avergonzado de mi mismo, reconozco que yo también me esmeré en hacer sangrar a mis oponentes. Todo era un caos a nuestro alrededor, inclusive la maldita puerta de entrada. Para mi asombro momentáneo, ninguna criatura, visible a mis ojos, entró cuando se abrió la puerta. ¿Qué demonios llevaba mi cerveza?

Algunos golpes castigaron mi mandíbula, y en el momento justo en el que parecían olvidarse de mí, recordé a la joven hechicera. La encontré escondida bajo una de las mesas, y opuso grande resistencia cuando la saqué de allí.

Para colmo de males, un terrible aullido de origen desconocido irrumpió en todo el lugar, deteniéndo casi por completo aquella pelea de todos contra todos. Lo único que restaba de aquello era que los borrachos desfallecieran ante los golpes. Por fin, cuando se cansaron de aquel jaleo, alzaron sus copas para brindar e invitar a aquellos desgraciados a los que quizás habían arrancado algún que otro diente.

Me senté de nuevo en mi lugar, viendo como la hechicera volvía a entrar y aquellos dos aguerridos caballeros buscaban su lugar. Aquella noche se hacía agotadora, y deseaba que acabara de una bendita vez.

- Señor, ¿me permite? - escuché preguntar a una voz a la que no encontraba dueño - ¿Podría decirme dónde se encuentra la barra?
- Claro... - contestaba el tabernero a aquella voz - Está... ¡Fuera! En la calle.
- ¡Cáspita! ¡Una barra que se encuentra fuera de la posada! ¡Haven tiene que ser muy peculiar¡ ¡Gracias, señor!

Mis ojos se abrieron de par en par al descubrir a un kender hablando con el tabernero. A la vez que abría los ojos por la sorpresa, la acción instintiva de todos aquellos que detectaron su presencia fue cerrar fuertemente sus bolsillos y anudar bien sus sacos.

El kender salió buscando aquello que le indicó aquel tipo. De veras que jamás entenderé a estas criaturas tan peculiares. Tan inocentes y a la vez tan pícaras en sus travesuras. Lo siguiente fue que mi mente sufrío una especie de aturdimiento hasta que me percaté de que el mediano recién llegado se sentaba frente a mí. Yo era el "elegido" para pasar con él lo que quedaba de noche hasta que me retirara a mi dormitorio. Detecté un brillo especial en su mirada, a la vez excitada y esperanzada.

"Paladine, ¡dame fuerzas!"

8 de febrero de 2010

Un encuentro mágico


Aquella noche parecía que todas las criaturas del cielo, divinas o demoníacas, lloraran por todos los males de este mundo. Mi pobre montura sufría abatida todos los obstáculos del camino, pero no pensaba martirizarla más.
La música alegre llegaba lejana a mis oídos, prometiendome un poco de descanso y un poco de agua. Mi camino se había hecho largo. Acostumbrado a las pocas comodidades que me permitía mi rango, lanzarse al camino a caballo y espada se antojaba a todos una auténtica locura. Pero seguía sin hacerseme cómodo las miradas extrañadas ante mi corpulenta figura y mi capa ajada.

Parecía un pequeño pueblo, por lo poco que pude ver, y bastante concurrido. Gran decisión: no había quién se atreviera a salir más tarde a mi llegada. Suponía un suicidio.

Los que serían mis compañeros de salón aquella noche concurrían y maldecían a aquella mala noche.

- ¡Mal rayo parta al que se le ocurrió cantar y provocar noche tan aciaga!
- ¡Pregúntale a Akel! Tan feliz y canturreando siempre... ¡algún día tenía que caer esta tempestad!

Oculté mi media sonrisa a medias penas, mientras buscaba alguna mesa libre en la que reposar por fin. Encontré un lugar en el que podía sentirme a gusto, alejado de todo aquel escándalo. Pero una figura que parecía más veloz que el rayo se me adelanto.
Un gruñido hosco me sirvió como invitación para desaparecer de ese lugar, así que no tarde en irme. No buscaba problemas, tan solo serían un estorbo en mi viaje.

Observaba todo aquello con la mayor tranquilidad. No podría moverme en bastante tiempo. Pero todo aquello tendría su punto de emoción cuando llegó aquella muchacha. Su capa estaba igual de empapada que la mía, solo que destacaba por su fuerte color púrpura. Se descubrió, y cuando dejó caer sus primeras palabras con el tabernero, comenzaron las burlas.

No solo había atraído mi atención. Me acompañaban en ella unos caballeros de aquellos a los que la sociedad debiera tener amaestrados hasta poderse comportar como verdaderos humanos. Sus voces de por sí ya eran estridentes, y me hervía la sangre cuando osaron tocarla.

Asiéndola de la cintura, decía con burlesca:

- ¡Acércate, preciosa! ¿Qué hacías tan lejos de aquí?

Sus compañeros reían aquella fanfarronada, mientras que ella intentaba zafarse.

- ¡Suéltame!
- ¡Vamos, no te hagas de rogar!

No quise soportalo más. Me acerqué con vigor, cortando a medias sus risas.

- Creo que la señorita quiere que la dejen en paz - dije con rabia contenida mientras me miraban con ojos sorprendidos, debido a su borrachera.

- Vamos, ¡no seais así! Ella quiere, ¿verdad?

La mirada de aquella joven fue suficiente respuesta, obviamente, ignorada. Siguieron con su juego hasta que la muchacha decidió acabar: de su túnica tomó una varita de magia que empuñaba con decisión.

El silencio se hizo en la taberna. Todos volvimos a nuestras respectivas jarras, un servidor incluido. Todo aquello que fuera magia era temido, pues la magia no provenía ya de los dioses.

Para todo Ansalon, ellos nos habían abandonado.

Introtius


En ocasiones el camino se hace realmente largo, pero no debemos dejar que nuestra voluntad flojee o se quiebre. Tenía una misión muy importante, aunque no estuviera totalmente definida: debía cumplirla para la honra de lo que alguna vez fue y quiero creer que sigue siendo. Poco me importaba a la hora de partir si caía en el camino; tal vez podía servir como instrumento para que los verdaderos elegidos pudieran encontrar el Camino.

Es todo aquello que da sentido a nuestra vida, por lo que luchamos cada día. Porque en el interior de todos nosotros, incluso en el corazón de los incrédulos, brilla la Luz.

La Verdadera Luz, aquella que guía nuestros pasos hacia los Dioses Verdaderos.

Permíteme, oh, Paladine, ser merecedor para encontrarte e inclinarme ante tu divinidad.