11 de marzo de 2010

Estableciendo objetivos

La joven que compareció en mi dormitorio durante escasos minutos veía en peligro su integridad por un indeseable. Imagino las noches que habrá podido permanecer en vela, inquieta por aquel despreciable ser. Debía ponerle remedio.

Aquella noche tenía poco, si no nada, más que aportar. No me restaba nada más que retirarme a descansar. O intentarlo, entre toda aquella tempestad.


El sol de aquella mañana había ahuyentado la tormenta de la noche anterior, pero quizás quedaran más truenos, y no precisamente en el cielo.
La posada servía el desayuno a los inquilinos, o al menos eso observaba desde la escalera. Cuando me dispuse a descender, sentí en mi espalda un pequeño choque que nada tenía que ver con mi armadura. Me volví para encontrar a Arlie, que, inmóvil, tan solo dirigió su mirada hacia mí, mezclando asombro y curiosidad. Sus palabras me hicieron volverme de nuevo.

Con un aire de misterio, me dijo:
- Necesito que me ocultes para evitar al cascarrabias del posadero.
Rebufé cansado, viendo que lo tendría pegado a mí hasta el momento de mi marcha.
- ... Porque tú eres un caballero, y ayudas a la gente. Como Paladine, ¿verdad?
Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar al nombre del dios al que todo el mundo cree muerto. ¿Conocería esta criatura al dios que aparecía en mis sueños infantiles, aquel a quién pretendía encomendar toda mi existencia? ¿Habitaría realmente en su corazón?

Intenté por todos los medios relajar mi asombro, comenzando por bajar las escaleras hacia la planta baja. Por desgracia, el posadero había omitido por completo el deseo de mi pequeño amigo Arlie.

- ¡Tú! Maldito kender, ¡creía haberte dicho que te alejaras de este lugar!

El vozarrón del posadero no dejaba escuchar las protestas o réplicas del mediano, así que intervine. Todavía no sé si me arrepiento de ello.
- El kender viene conmigo, yo respondo por él.

El posadero me miró con desconfianza, segundos que Arlie aprovechó para escaquearse hacia una de las mesas vacías. El asunto se solucionó, y paseé mi mirada por el lugar.

La joven hechicera, que aún rondaba por allí, trapicheaba en no quise saber que. También encontré a los dos guerreros que defendieron a la hechicera, que me invitaron a sentarme con ellos.

- Señor, acompañadnos si gustáis - me ofreció el de menor tamaño.

Se presentaron como Sheleanort y Axel, y mantuvimos una corta conversación.

Lo siguiente para nosotros fue ver aparecer a una pareja de nuevos viajeros, que sobresaltaron a toda la taberna con su sola presencia: a toda vista eran gentes de alta alcurnia.
Todos los asiduos a este lugar no aprenden la maldita lección: el grupúsculo ahora reunido no permitiría los excesos de confianza para con las damas. Pero no hizo falta nuestra intervención. Su acompañante protegió a su compañera.

No puedo recordar exactamente el origen de la conversación; lo que no puedo olvidar es que ahora, tanto los guerreros como el kender y mi persona, nos encontramos ante una misión que puede resultar peliaguda.

Los guerreros negocian, el kender quiere entrometerse sin cesar, y la distinguida pareja me utiliza como traductor a todos los reunidos. Me sorprende encontrar a hablantes de solámnico en esta tierra. Si realmente tenemos un hogar común, estamos realmente lejos de casa.

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