2 de mayo de 2010

Haciendo amigos. Un encuentro divino.

- ¡Hey, señor, no se marche. Aún no nos ha dado tiempo a presentarnos!

No lo entiendo, ¿cómo podía correr tanto? Eran unos seres muy extraños, misteriosos, siseantes, ocultos tras capuchas...peligrosos. Uno se había convertido en piedra al ser atravesado por la espada de uno de los gerreros que había allí. Muy misterioso...y peligroso. Pero...misterioso, ¿eh?



¡Seguro que no eran humanos!



-¡Señor!- le llamé la atención a la figura maleducada que se marchaba por el bosque mientras le daba tironcitos en algunas tiras de ropa.



El señor se dió la vuelta y siseó algo. Miró de un lado a otro hasta mirar al suelo, donde unos ojillos extraños parpadearon expectantes.

-¡Hola, señor! ¡Quería preguntarle sobre su persona! ¿Es usted humano? ¡Oh, perdón! ¿Dónde están mis modales?- le lancé una mano para estrechar la suya- Mi nombre es Arlie y soy un...¡Hey, cuidado con ese saludo, casi me hace daño! ¡Por el amor de los Dioses Verdaderos, menuda uñas, córteselas antes de que alguien le vea!

Después de unos breves minutos comencé a sospechar de que ese hombre extraño quizás no quería saludarme. ¿Acaso intentaba matarme? Bueno, eso explicaría el combate de antes. Decidí subirme a un árbol y charlar con él hasta que se le bajaran los humos. El hombre extraño comenzó a arañar frustrado las corteza del árbol. Creo que quería cazarme desde hace unos minutos y resoplaba cansado.

- Bueno, señor, ¿me va a decir como se llama? ¿Y si tiro de esa venda que tiene en la cara? ¡Uy, se enfadó! ¡Lo siento señor!



Volvió a sisear enfadado quitándose mis manos de encima de las vendas de su rostro oculto. No entendía ni jota, pero esas vendas ocultaban un rostro muy peculiar. ¡Y yo iba a averiguarlo! Bueno, no. Advierto a mi queridísimo lector anónimo que no lo consigo, pero no se frustre, la historia sigue. Ante todo hay que mantener la verdad al lector.

El hombre de la capucha se fue, bajé del árbol y le seguí. Intenté mantener conversación, esta vez se dió la vuelta y me arañó mi cuerpecillo de kender.



- ¡Hey! ¡Casi me da! ¡Cáspita, estoy sangrando!- el hombre se quedó mirándome, atónito, aunque no sé por qué - Vale, veo que se quiere despedir, pero no lo haga con esas prisas.

El encapuchado empezó a mover sus brazos de arriba a abajo con sus garras en el aire, me aparté para no entorpecer su despedida, pasó rozándome. Moví frenéticamente mis brazos de arriba a abajo, supongo que sería un saludo de su cultura, y yo, ante todo, soy educado.

-¡Hasta luego señor!


El encapuchado se puso cabizbajo, abatido, se dió la vuelta y comenzó a andar por el camino hasta perderse en el bosque. Creo que estaba frustrado con algo...¿Pero con qué? Quizás sería que no conocía mi idioma y no sabía comunicarse conmigo. Aunque en su cultura debían quedar pocos, el arañazo que me hizo seguía sangrando. Me quedé mirando por qué parte de la herida la sangre era más rojiza y dónde era más oscura. Decidí que debía volver, el caballero Alian necesitaba mi ayuda, seguro. Heché a andar viéndome la herida.

Mientras volvía vislumbré al caballero al final del sendero.

- ¿Arlie? ¿Qué te han hecho? ¡Estás herido!

- ¡El señor caballero Alian! ¡Ah! ¿esto? ¡Tranquilo, solo fue un saludo mal practicado!

- Fueron los encapuchados, extrañas...criaturas.- dijo mientras arrancaba un buen trozo de la tela de su ropa. Se quedó hecha jirones y me vendó la herida como pudo.

- ¡Vaya, gracias!

Nos quedamos un rato mirando curiosamente (al menos yo) como las vendas se soltaban solas y amenazaban con caerse. La herida seguía sangrando. De repente nos percatamos de una ancianita que andaba lentamente por el camino del bosque. Nos miramos, la miramos, nos miramos, la miramos y nos volvimos a mirar. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Alian se acercó a la anciana (al fin y al cabo era un caballero) e intentó ayudarla.

-¿Necesita ayuda?

La anciana miró ausente al suelo, sonriente.

-No, gracias, mis están esperando. Mis hijos ¿sabe? ¿Serían tan amables de decirme donde está Solace?
-Claro, está por allí.- dijo el caballero señalando el sendero por el que iba.

-Gracias.- dijo sonriente la abuelita.
De repente, mis heridas mejoraron, me sentía curado. Un aura de pureza y curación emanaba de la ancianita y no nos pasó desapercibido a ninguno de los dos. Le pegué un codazo a Alian.
-¡Alian, mis heridas han mejorado! ¡Y mucho!- comencé a hablarle como si ella no escuchara nada, pero la verdad es que ella seguía nuestro coloquio con interés y amabilidad ante tal extraña pareja. Pero seguía andando lentamente cerca nuestra.
- ¿Crees que es una curandera? Esas heridas han sanado mucho- observó el caballero- Es imposible que sea un clérigo...ya no quedan, creo.
-Y si fuera, ¡Mishakal! ¿Te imaginas?
-¿Un dios? ¿Aquí?
Descubrimos que la anciana seguía mirándonos. Su sonrisa se ensanchó enormemente haciéndose tierna al escuchar el nombre de la diosa de la curación. Nos miraba como si la hubieramos llamado. Nos quedamos pasmados ante la idea de estar ante un dios.
- Muchas gracias. Nos vemos. - la ancianita se fué, y el aura de curación y pureza con ella. Pero mis heridas quedaron sanadas.
-¡Alian!, ¿has notado eso? Era Mishakal, ¡¿verdad que sí?! ¡¿Verdad que sí?!
Él había notado esa presencia, esa mirada de sabiduría. Mis heridas habían sanado en su presencia. Se limitó a sonreír. Había algo dentro de nosotros que nos decía a gritos que habíamos estado ante uno de los Dioses Verdaderos.

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