15 de febrero de 2010

Encantado, Arlie

- Mi nombre es Arlie - sonrisa feliz - Eso que llevas ahí es una armadura, ¿verdad?

Mire a ese kender con mirada desquiciada, tan desquiciada como la suya. Asentí con gesto cansado, sin saber por que lo hacía.

- ¿Una armadura de caballero? - volvió a inquirir - Porque eres un caballero, ¿me equivoco?

Desvié la mirada, y en un gesto totalmente incauto, respondí a media voz:

- Aún no.

La Fortuna en mi contra quiso que a mi lado pasara una de las jóvenes que trabajaban en la taberna. Su gesto fue bastante notable cuando escuchó mis palabras: se detuvo en seco para asimilar esa información.
El kender seguía atosigandome a preguntas, más con la mirada que con su incontinencia verbal. Mientras, la joven se acercaba a nosotros para tomar nuestros respectivos brebajes.

- Perdonadme, señor... ¿es cierto que sois caballero? - apenas se atrevía a mirarme, mientras que yo estaba deseoso de observar sus ojos para descubrir sus motivos.
- ¿Por qué lo preguntáis? - le respondí.
- Veréis... si es cierto que sois caballero, necesito vuestra ayuda. Os lo ruego....

El tono de su voz resaltaba más su necesidad que sus mismas palabras.

- De acuerdo, habladme de vuestro problema.
- Reuníos conmigo en vuestra habitación, os esperaré allí dentro de unos momentos - antes de que se retirara, murmuró: - ... Gracias

Mi primer impulso fue sumirme en mis pensamientos, pero tan solo fue posible durante unos pocos segundos. El kender, que resultaba impune a todo método de ocultación y secretismo, había seguido nuestra conversación. Recordando, notaba de reojo los movimientos de su cabeza: se asemejaba a un espectador de juegos de críos. Siguiendo los movimientos, de un lado a otro, como si fuera la pelota de juegos.

Aquel brillo había reaparecido en su mirada.

- Señor, ¡no debéis desaprovechar esta oportunidad! ¡Esa joven está enamorada! - enunciaba exaltado.

Ni siquiera puedo imaginarme mi gesto de incredulidad al escucharle.

- ... A no ser que... - Arlie se acercó a mi en un intento de confidencialidad - No mantendréis voto de castidad, ¿verdad?

Aquello fue el colmo. Me levanté resoplando, cansado de tantas emociones de vez. Tratar con un kender resulta agotador, pero me guardé de ofenderle más todavía. Tenía un compromiso, aunque desconocía de que se trataba.

Subí las escaleras para encontrarme con ella. Y la sorpresa que me llevaría no sería poca.

Aquel que no respeta las normas de respeto, hacia cualquier tipo de ser, no lo merece de ninguno de los modos

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